PAPA
FRANCISCO
Capítulo
primero
A LA LUZ DE LA PALABRA
A LA LUZ DE LA PALABRA
La reflexión y oración sobre la Alegría del amor nos acerca a los
números siguientes 13-18. La biblia nos presente el encuentro del hombre y la
mujer. La explicación del Papa va avanzando en la realidad de ese encuentro.
Sana la soledad y surge la generación y la familia.
Donación voluntaria de amor
en lo corpóreo y en lo espiritual.
Los hijos como “brotes de olivo” dice el salmista, construyen la
casa.
Signo de
plenitud de la familia en la continuidad de la misma historia de salvación, de
generación en generación.
Iglesia
doméstica, educación de los hijos, que tienen por delante su propio camino de
vida.
Puntos
muy interesantes. Adéntrate en ellos, poco a poco. Reza desde alguno.
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13. De este encuentro, que sana la soledad, surgen la generación y
la familia. Este es el segundo detalle que podemos destacar: Adán, que es
también el hombre de todos los tiempos y de todas las regiones de nuestro
planeta, junto con su mujer, da origen a una nueva familia, como repite Jesús
citando el Génesis: «Se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne» (Mt 19,5;
cf. Gn2,24). El verbo «unirse» en el original hebreo indica una
estrecha sintonía, una adhesión física e interior, hasta el punto que se
utiliza para describir la unión con Dios: «Mi alma está unida a ti» (Sal 63,9),
canta el orante. Se evoca así la unión matrimonial no solamente en su dimensión
sexual y corpórea sino también en su donación voluntaria de amor. El fruto de
esta unión es «ser una sola carne», sea en el abrazo físico, sea en la unión de
los corazones y de las vidas y, quizás, en el hijo que nacerá de los dos, el
cual llevará en sí, uniéndolas no sólo genéticamente sino también
espiritualmente, las dos «carnes».
14.
Retomemos el canto del Salmista. Allí aparecen, dentro de la casa donde el
hombre y su esposa están sentados a la mesa, los hijos que los acompañan «como
brotes de olivo» (Sal 128,3), es decir, llenos de energía y de
vitalidad. Si los padres son como los fundamentos de la casa, los hijos son
como las «piedras vivas» de la familia (cf. 1 P 2,5). Es
significativo que en el Antiguo Testamento la palabra que aparece más veces
después de la divina (yhwh, el «Señor») es «hijo» (ben), un
vocablo que remite al verbo hebreo que significa «construir» (banah).
Por eso, en el Salmo 127 se exalta el don de los hijos con imágenes que se
refieren tanto a la edificación de una casa, como a la vida social y comercial
que se desarrollaba en la puerta de la ciudad: «Si el Señor no construye la
casa, en vano se cansan los albañiles; la herencia que da el Señor son los
hijos; su salario, el fruto del vientre: son saetas en mano de un guerrero los
hijos de la juventud; dichoso el hombre que llena con ellas su aljaba: no
quedará derrotado cuando litigue con su adversario en la plaza» (vv. 1.3-5). Es
verdad que estas imágenes reflejan la cultura de una sociedad antigua, pero la
presencia de los hijos es de todos modos un signo de plenitud de la familia en
la continuidad de la misma historia de salvación, de generación en generación.

16. La
Biblia considera también a la familia como la sede de la catequesis de los
hijos. Eso brilla en la descripción de la celebración pascual (cf. Ex 12,26-27; Dt 6,20-25),
y luego fue explicitado en la haggadah judía, o sea, en la
narración dialógica que acompaña el rito de la cena pascual. Más aún, un Salmo
exalta el anuncio familiar de la fe: «Lo que oímos y aprendimos, lo que
nuestros padres nos contaron, no lo ocultaremos a sus hijos, lo contaremos a la
futura generación: las alabanzas del Señor, su poder, las maravillas que
realizó. Porque él estableció una norma para Jacob, dio una ley a Israel: él
mandó a nuestros padres que lo enseñaran a sus hijos, para que lo supiera la
generación siguiente, y los hijos que nacieran después. Que surjan y lo cuenten
a sus hijos» (Sal 78,3-6). Por lo tanto, la familia es el lugar
donde los padres se convierten en los primeros maestros de la fe para sus
hijos. Es una tarea artesanal, de persona a persona: «Cuando el día de mañana
tu hijo te pregunte [...] le responderás…» (Ex13,14). Así, las distintas
generaciones entonarán su canto al Señor, «los jóvenes y también las doncellas,
los viejos junto con los niños» (Sal 148,12).
17. Los
padres tienen el deber de cumplir con seriedad su misión educadora, como
enseñan a menudo los sabios bíblicos (cf. Pr3,11-12; 6,20-22; 13,1;
29,17). Los hijos están llamados a acoger y practicar el mandamiento: «Honra a
tu padre y a tu madre» (Ex20,12), donde el verbo «honrar» indica el
cumplimiento de los compromisos familiares y sociales en su plenitud, sin
descuidarlos con excusas religiosas (cf. Mc 7,11-13). En
efecto, «el que honra a su padre expía sus pecados, el que respeta a su madre
acumula tesoros» (Si 3,3-4).

Después de leer estos números, dejamos que alguna frase nos cale más. La repetimos varias veces relacionada con nosotros.
Subraya las frases que más te gustan.
Hazlas tuyas.
Disfruta con la presencia de Dios en medio de tu
familia
Habla con Jesús, con el Padre Dios
y con el Espíritu, sobre tu familia, teniendo en cuenta lo que dice el
Papa y tu realidad.
Agradece el amor que encuentras en
ella.
Cada día siembra tu aportación generosa
Impulsa tu compromiso en el camino del
encuentro, del amor cristiano y de la familia .